Ya no recuerdo cómo comenzó todo, sólo sé que fue al final de un día, la oscuridad es lo mío, el sol me quita la esperanza,
supongamos que en ese ocaso un poco aún tenía.
Él vino en una ráfaga de viento,
sus palabras se enredaron en mi pelo,
su aliento zumbo a mi oído,
lo atrapé entre versos.
Desde ese momento sus letras son mías,
mi prosa le pertenece,
él no lo sabe, o al menos no se lo he dicho...
Cada que lo leo, me encuentro es sus sonetos incompletos,
la vaga sombra de sus letras existe cuando la necesito,
usa las tildes para brindarme refugio cuando lo merezco.
Cada que llega la noche sonrío,
sé que entre la oscuridad me espera, y no,
no es que se avergüence de lucirme ante el mundo,
es que no nos importa, somos el uno del otro, y eso basta,
las estrellas nos han visto amándonos,
yo misma las he visto titilar de envidia;
al fin y al cabo
¿Quién quiere alcanzarlas cuando puedo tocar su cuerpo?
No, no es amor, pero no es fingido.
Ese ser encadenado en mis profundidades sintió que leía la historia de su vida.
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