martes, 3 de abril de 2012

Noche miserable y sublime







Mi cuerpo aún embriagado osaba pensarte, hacía más profundo el sentimiento, apretando mis manos quise negarme, esta noche no te quería en mis sueños, quería revelarme, no era justo ser feliz en tus brazos mientras quizás otra te estaba teniendo, enojada me tiré a la cama, con furia me cubrí el cuerpo entero, anhelaba dormir y de penumbra llenar mis sueños, cerré fuerte los ojos con la ilusión de no meterte en ellos, rápido y sin notarlo Morfeo me arrulló en su lecho, comenzó mi perdición…


Vestida con el color del cielo me hallaba yo en una pradera, parecía un parque uno que no conocía, te esperaba ansiosa, sabía que llegarías, teníamos una cita…


La brisa me alborotaba el pelo, quería sentir la naturaleza y sin más me descalcé los pies, podía sentir en mis tobillos el cosquilleo de la textura del pasto, me recordaba la gamuza…


Eran alrededor de las 5 de la tarde el sol ya se estaba poniendo, de naranjas vestía el occidente mientras nubes de algodón de azúcar llenaban el resto del cielo…


Sentí tu presencia, rápido te busqué con mis ojos, te vi ahí a tan sólo unos pasos; así con tus labios sedientos, noté dureza en tu rostro, una señal de reproche ¿Pero acaso que había yo hecho? No me importaba… quería tus besos, con la ayuda de mis piernas que también querían rodearte el cuerpo me acerque presurosa, coloqué mis manos en tu cuello, guié tu cabeza hasta que se juntaron nuestras frentes y así respirando el mismo aíre te dije que te robaría un beso, no recuerdo el sabor de tus labios, pude ver tus ojos verde salvaje, me metí en ellos…


No sé si fue un instante o una eternidad, no lo recuerdo, me volvió a la realidad el calor de tus manos en mi cuerpo, que caminaros, me dijiste, como una infante me senté en el suelo, con dulzura me veías mientras yo me calzaba los que parecían ser los más sublimes tacones de cuero negro, descubiertos quedaban mis dedos y se veían las uñas pintadas de un brillante rojo pasión, un mensaje subliminal había en ellos…


Me levanté y sin instrucciones tomé tu mano y enredando mi destino con el tuyo te dije, llévame al infierno, no respondiste… No con palabras, no con miradas, empezaste a caminar lento; nos dirigíamos no sé a dónde… De violeta se vestía el cielo…


No podía ser que yo estuviera soñando, era un cuento de hadas, uno de esos pendejos, frente a nosotros una cabaña de madera; sin tocar entramos en ella, se veía cómoda, sin demasiadas vanidades, anonadada aún traté de hablarte, no me dejaste, me callaste con un beso…


Tomaste mi otra mano, me acercaste a tu cuerpo, y todas las palabras que de ti quise oír salieron de tu boca en quizás cuatro o cinco versos…


Acariciaste mi pelo…


Había allí en la mitad de lo que parecía una sala, la piel de lo que debió ser alguna vez un enorme ciervo, sobre ella nos sentamos, antes de que yo lo notara tu ya besabas mi cuello, mi piel respondía erizándose, abriéndose a tus deseos, con pasión exploramos nuestros cuerpos, traviesas fueron mis manos y las tuyas, de la ropa nos deshicimos y vestidos de noche y piel nos descubrimos…


Tu mano en mi barbilla mis ojos en tu alma, ahora te tenía, después de tanto soñarte, estaba ahí, a tu lado…


Me pediste que fuera noble, sólo obedecería…


Tendí para ti mi cuerpo, podía sentir los rescoldos de luz que se colaba por las rendijas en las partes bajas de mi cuerpo, tú me mirabas, era como si estuvieras haciendo un mapa de mi cuerpo, se calentaba la piel a medida que tú la recorrías, se agitaba esperando tus dedos, tus besos…


Con la misma calma que se oscurecía el cielo comenzaste a vestirme del color de tus besos, esforzándome conseguía mantener mi cuerpo quieto, se escapaban tenues vibraciones, se agitaba la energía en mí.


Con la delicadeza propia de un caballero me hiciste tuya, jadeaba todo mi cuerpo, mi boca hipersalivaba del deseo, te veía sobre mí y me costaba no creerlo, me llenaste el cuello de besos, y el pecho, y el vientre, con pasión te movías en mis labios, pude ver tus pupilas dilatadas, sabía que las mías estaban igual, veía todo perfecto.


Derretías con tu boca todo mi monte de Venus…


Maldita noche, maldito sueño

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