
Sin saber cómo, estaba frente a él, lo había visto antes; eso era seguro, pero no lo reconocía.
La forma en que me miraba me convenció de que no era la primera vez que lo hacía.
¿Qué buscaba en mí? ¿Por qué hasta mi más leve movimiento cambiaba su postura?
Fijé mi vista en sus hombros, allí la mantendría hasta que decidiera hablarme u optara por escabullirse.
La leve discrepancia entre la altura de los hombros me recordó la mía, traté de igualarlos elevando el derecho, me distraje un momento; listo, mis hombros ya estaban rectos... Ya corregida mi mala postura vi como se acentuaba la de quien tenía en frente, casi parecía que hubiese recostado su hombro izquierdo contra alguna pared imaginaria y hubiera relajado el lado derecho de su cuerpo, miré su cuello, se le marcaba bastante bien la glándula tiroidea, aquel abultamiento que muchos llaman "la manzana de Adán", me era familiar también; tragué incómoda por la coincidencia, observé en cámara lenta como se elevaba su "manzana" y luego lentamente volvía a su puesto, le miré a los ojos, angustia leí en ellos, enarco una ceja, entreabrió los labios... Con miedo de lo que pudiera decir dejé salir uno de mis pensamientos, vi su boca moverse mientras en mi voz se escuchaba "No somos tan diferentes..." Huí como vil cobarde sin escuchar el resto.
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Muy interesante. :)
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